10 marzo 2005

Ska en el periódico

Memoria y ska
Por: JM


A Balta y Moroco,
compadres y
militantes del ska

Es dos de octubre. Unos dos mil y cacho pares de pies hacen temblar la tierra mientras bailan slam, acompañados de manoteos, cabezas meneadas, y los pegostes del sudor embarrado entre los cuerpos apretados en pleno pachangón masivo de música, memoria, protesta y fiesta de ¡ska, ska, ska, chido, chido! Es dos de octubre, y dos de octubre no se olvida.
El rock —tan inevitablemente juvenil y subversivo— es el eje con el cual miles recuerdan lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas, en aquel fatídico dos de octubre de 1968, cuando numerosos estudiantes terminaron sin vida por oponerse al autoritarismo y la represión del gobierno. Hoy el recuerdo tiene imagen: peinados a la punk, arracadas en la cara, tatuajes por aquí y por allá, playeras con efigies del Che, cinturones de cuero adornados con picos metálicos, corbatas al cuello, mezclilla y juventud a flor de piel. A la 5:00 la atmósfera del Pabellón Don Vasco se empieza a cargarse de una tensión inexplicable. Algo va a pasar. El programa tiene en lista cinco bandas: Dulcinea, Artemisa y Neman, de Morelia; y Su mercé y Panteón Rococó, directito de la postapocalípitca chilangolandia (Carlos Monsiváis, dixit).

Tango y mitos banqueteros

Artemisa abre la tarde y la convierte en el inicio de una pachanga que durará casi cinco horas. Con guitarrazos violentos y trompetazos melódicos, la banda termina por aterrizar en un Tango pa’ ti que transforma la masa disgregada por el ruedo en una verdadera licuadora de pies y manos que gira con cada línea del teclado. Y cada grito de “¡tango pa’ ti!”, hace más salvaje el remolino que ya ha hecho volar por los aires un par de playeras, unos tenis (que mucha falta le harán después al dueño o a la dueña) y hasta uno que otro muchacho desprevenido.

“Yo creo que como sociedad nos debemos ese dos de octubre; esclarecerlo, no nada más como una fecha histórica o como un acontecimiento que ha sucedido sino como algo más palpable de lo que es nuestra ciudad, de lo que es ser jóvenes, de lo que es ser estudiante, de lo que es unidad civil, movimientos civiles”: Balta, vocalista de Artemisa.

Sube Su Mercé y cualquiera puede pensar que es imposible que el asunto se ponga más ameno, pero sí. Después del habitual rechiflido de la banda sedienta de rock que ya se enfadó porque no empieza a tocar el grupo en turno, los de Su mercé suben al escenario y anuncian: “Esto es para nuestro muertos, que seguirán siendo nuestros muertos”, y todos aplauden y expresa su acuerdo con un “¡aaahh!” generalizado. Toca Su Mercé y florece lo capitalino con sus canciones rellenas a más no poder de las mitologías banqueteras de una de las ciudades más grandes del mundo. Brotan los homenajes personales y los ejemplos de que el defe es universal: “Mi Buenos Aires querido, nunca te podré olvidar”, “ese es mi barrio, es mi colonia, la Buenos Aires”. Y también espacio para la poesía y las letras que aunque parecen, no son tan inocentes: “Antes de empezar, déjenme salir a respirar/ antes de amar, sáquenme este puñal”, o “la vida vale lo que vale un cartucho/ y un cartucho vale diez varos”.
Y Su Mercé se despide así: “Esta canción está en nuestro primer disco; cómprenlo, y si no piratéenlo. Disponible en tiendas y tianguis de prestigio”. Y esto ya de plano es de color fiesta desatada cuando sube Dulcinea.

“Pues es un poco difícil hablar del dos de octubre porque definitivamente fue un hecho que trastornó la vida del país (...) Está bien chido que se hagan estos eventos para comunicar a la gente lo que ocurrió y para que no vuelva a pasar nunca. Concientizar a la gente para estarnos defendiendo, para que no se pasen de lanzas”. Brtánico Lira, bajista de la chilanga banda, Su Mercé.

Ska militante

“¡ReguepunkyMoreliasimonrastaaaa!”, es el grito de guerra que anuncia a Dulcinea. Y el guateque se pone más político y los dulcineos hacen enloquecer a los pocos cuerdos que todavía quedan por ahí. “Somos la banda de mente independiente/ y ante las injusticias resistencia y nada más/ la burocracia sigue allí sentada/ los corundos fuman hierva todo el día/ me levanto temprano a nadie hago daño/ agarro mi guitarra y compongo esta canción”. La energía de los acordes embravece las olas del mar humano en que se ha convertido el pabellón. Después Dulcinea le da variedad a la jornada con su regué cadencioso que hace llegar la noche.
Dulcinea invita a corear su militancia, su música comprometida: “Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués”. Y de nuevo el frenesí de las velocidades en las palabras, los tarolasos de la batería, la hamaca eléctrica del rasgueo de la guitarra, y la trompeta. “Ella no tiene dinero para sus hijos educar/ porque muchos gobernantes quieren ya privatizar/ la luz, el agua, el teléfono y mi alma/ la luz, el agua, el teléfono y tu espalda”.
El número de personas ha crecido conforme pasan las canciones y los minutos. Es el vértice de la noche, la ansiedad está al límite. “Se me hace que ni siquiera han llegado los de Panteón”, dice algunas voces. Unos sujetos de seguridad confiscan hierbas secas envueltas en servilletas. Y de súbito. ¡Tan! Las luces se apagan y la noche se incendia con la potencia de la trompeta, el saxo, los trombones, que hacen retumbar el lugar de arriba a bajo. La ansiedad de la espera explota en gritos y baile desenfrenado. Y la dedicatoria personal “esto va dedicado a las almas del 68, para los gobiernos y los asesinos que no hacen nada”.
“Y la carencia ¡arriba!/ Y los salario ¡abajo!/ lo que me pagan en esta empresa ya no me alcanza pa’ tragar” El suelo tiembla, los barandales vibran sometidos al imperio del bajo y la batería. ¡Oye, no mami!, dale, dale. La gente corea y los cuerpos salen volando entre las olas del mar humano que arrecia en cada compás. Panteón tiene a unos dos mil y cacho metido en la bolsa. Todos bailan. Se mueven los pies, las caderas, las cabezas, los hombros y hasta el concreto. Y el universo parece haberse reducido (ah, felicidad) a un carnaval. “¡Se va, se va, se fue... digo no, digo no, digo no!”
El pachangón se prolonga hasta entrada la noche, y la gente que se va sale bailando. La música continúa en la noche. El ska sigue sonando toda la noche, hasta en el silencio, hasta en los sueños, en la memoria de los caídos de Tlatelolco aquel dos de octubre... porque dos de octubre no se olvida.


Pabellón Don Vasco de la feria,
Morelia, Michoacán.
2 de octubre de 2004
[Versión completa de una crónica publicada en el periódico Cambio de Michoacán el 4 de octubre de 2004]

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